La tierra elegida

En La Mirilla te dimos un avance de este libro escrito por Lidia Bischoff en donde narra su vida desde pequeña con su familia fundadora de Puerto Rico, Monte Carlo y otros pueblos de Misiones, hoy te contaremos su propio nacimiento en 1930.

Cuenta la autora….

En 1930nací en el humilde hogar de Montecarlo en la provincia de Misiones. Mi familia estaba compuesta por Jacobo Bischoff y María Muller, primeros inmigrantes venidos de Brasil en 1919.Traían con ellos a su primogénito Emilio,luego nació Alfredo, primer nacido en Argentina entre las familias que han venido de inmigración extranjera.

Mis padres habían adquirido un lote de tierra de la compañía colonizadora luego de que se terminaran los trabajos de mensura y loteo con el agrimensor Kloss, un hombre aguerrido y Valente que no le temía a la selva ni a las fieras que en aquel entonces existían.

Cuando nací, mis padres ya tenían una chacra formada, había animales domésticos y una casa de madera de tres ambientes, y la felicidad era total con la llegada de la niña a la cual llamaron Lidia.

PÁNICO POR UN SAPO

Cuando era niña de cuatro años, mi padre por razones de economía, aceptó un trabajo de portero en el puerto de Monte Carlo y fuimos a vivir a una casa grande en el mismo puerto. Mi padre tenía la tarea de recibir las mercaderías que traían los barcos cargueros y transportarlos a un depósito que estaba al lado de la casa que nosotros habitábamos.

Donde estaban emplazadas las construcciones  el terreno era plano , y detrás del galpón había un barranco altísimo que caía hasta el río Paraná donde atracaban los barcos; por ese barranco se construyó una escalera ancha de madera por donde ascendían los pasajeros que venían con los barcos, al lado de esa escalera se colocó una vía donde corría una zorra, con la cual se transportaban las mercaderías, y el encargado de subir esta zorra era un caballo al cual mi mamá le ordenaba cuando tenía que entrar en acción.

A mí me encantaba sentarme a la cabecera de la escalera y observar el movimiento del Puerto, gente que subía o bajaba de los barcos o la descarga de mercaderías que todo se realizaba a mano, horas enteras me pasaba mirando ese trajinar.

Una mañana de primavera, temprano fui a sentarme a mi lugar en la escalera, porque había llegado un barco de pasajeros del cual descendió un contingente de inmigrantes alemanes, llamó mi atención una señora ataviada con un sombrero espeluznante, con flores y un velo cubriéndole la cara, sube la escalera y yo mirándola embelesada, por ahí miro a un costado, un sapo grandote mirándome con sus ojos saltones, ¡qué horror!, lo miro y comienzo a gritar, el sapo se pone a la defensiva y se infla quedando cada vez más grande; yo comienzo a correr gritando a garganta abierta y el sapo me sigue a los saltos, mi madre al escuchar mis gritos sale a mi encuentro y al ver la escena le da una patada al sapo que vuela por la barranca.

En ese instante se acercan las personas del contingente alemán y la señora con ese sombrero estrafalario cree que yo le tengo miedo a ella, y me dice en alemán “Hab kaine angst for mir kleine,Ich tue dir nichs”(no tengas miedo de mi chiquita, no te hago nada”) yo entre sollozos le contesto:¡Sapo!¡Sapo!La señora creyendo que le digo sapo a ella se vuelve a mi madre y le dice “¡Qué criatura salvaje tiene usted!” hasta que mi mamá le explicó lo sucedido .

Desde ese día hasta hoy tengo terror a los sapos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

cuatro × 3 =